Sunday, June 14, 2009

Descuidando necesidades

Estaba sentado en el parque, ya cansado de recriminarse sin lograr nada. Sin poder dar con una solución lógica, estaba ya abandonado a su fe, a una esperanza que quería iluminar más que la ceguera que lo llevo a cometer su error.

Solo tenía la necesidad de enmendarse, pero ante eso solo debía esperar. Esperar como lo hacen los árboles, hasta que caminan, pero nadie los ve porque nadie atiende las necesidades del resto. Pocos se detienen a verlo y menos que esos ayudan a satisfacer esas necesidades.

La necedad de muchos no ven el milagro, que él observa cada vez que se tira en esa banca, cada vez que espera que uno se mueva. La necesidad de los seres inertes es moverse, es vivir más allá de sus raíces. Conocía alguien de cualidades similares, capaz de moverlas de regiones de abundante agua a unas más áridas. En ese movimiento, la vio.
Como ahora ve ese árbol caminar entre pequeños juegos infantiles, para buscar un mejor lugar para observar, entenderse. Esos árboles se mueven durante días, nadie escucha sus impresionantes pasos. Ni sus murmullos, que son letras no muertas.

A pesar que él siempre trata de ver, no vio lo que pierdo, cuando se cegó. Nunca supuso lo difícil lo que era aceptar un error.
Recordaba su árbol, hermoso y poderoso, aunque pequeño; ahora marchito.

Una vez que el árbol llego al lado de los columpios se sentó, estableció sus raíces, se acercó y le pregunto ¿por qué ahí?, pero los árboles no escuchan, eso lo hacía solo el suyo. Así que se resigno solo a ver lo que miraba el viejo árbol. Eran los columpios, sintió la metáfora encarnarse en su piel, la eterna metáfora de la vida (el ir y venir, en un balanceo).

No fue mucho más que un breve consuelo, solo deseaba que su árbol volviera a florecer, solo deseaba la oportunidad de que volvieran a creer.

Volvió a sentarse, a esperar, no había nada que hacer por lo hecho esta.

El árbol se compadeció de su semblante de tristeza, le regalo una amapola.
Pero no la vio, seguía esperando volver en el columpio, que su pequeña tormenta terminara.

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